Autor: Richard Lingua


Una camioneta pasa por el hotel de Purmamarca a buscarme, con tres pasajeros más que serán mis camaradas de ruta. Son las 5 de la tarde de un día muy soleado de mayo. Vamos a iniciar el ascenso a las Salinas Grandes, mientras por el camino irá atardeciendo, por la Cuesta del Lipán, un espectáculo en sí misma. La luz, que de por sí dibuja sombras y claridades en las montañas cada vez más áridas a medida que ascendemos, le suma en este caso la variable de que la situación del sol cambia por el momento del día, y el paisaje ya es otro viaje.

Vamos a subir alto, muy alto, pasando por el Abra de Potrerillos, la altura máxima de esta ruta, a 4170 metros sobre el nivel del mar. Las fotos de rutina en el mojón que nos recuerda que estamos más altos que las nubes, que aunque pocas, van quedando por debajo.

Seguimos el ascenso serpenteando y paulatinamente aparecen esos peculiares animales que son las llamas, y si hay suerte, hasta podremos ver un cóndor. Todo, el dibujo de la ruta que vamos dejando atrás y mirando desde arriba, el vuelo del cóndor, el tranquilo deambular de las llamas y el sol, que va cambiando de amarillo a naranja y dibujando formas y colores en la montaña, es impactante.

La tarde sigue siendo una lindísima tarde de mayo, pero ya no de 20 grados. La altura resta calor, y ya se siente que estamos de verdad en la Puna.

Uno puede haber visto muchos paisajes en su vida, muchas ciudades, muchas obras de arquitectura geniales. Pero algunas cosas nos hacen literalmente abrir la boca y manifestar físicamente el asombro: las Salinas Grandes se cuentan entre ellas. Es difícil transmitir lo que se siente cuando uno está por primera vez de pie frente a esta inmensidad blanca, de entre 5 y 10 millones de años de antigüedad y 212 kilómetros cuadrados de extensión.

El sol cae ya muy oblicuo y terriblemente encendido sobre el blanco inmaculado y se refleja en el paisaje geométrico que dibujan los piletones rectangulares de agua (de donde se ha extraído sal), y los montículos piramidales de sal. El cielo tiene toda la paleta de colores del azul al rojo.

La temperatura va descendiendo a medida que saltamos por sobre estos rectángulos como chicos, le pedimos al otro que capture el momento que de otra manera nunca podríamos contar a quienes nos pregunten, fotografiamos los Andes, la blancura del desierto y el cielo.

Al anochecer, nuestro guía armará un fogón, comeremos frugalmente, tomaremos un buen vino, y Tablet en mano, empezaremos a cotejar el mapa de las constelaciones con el escenario real, inmenso y perfecto del cielo repleto de estrellas que lo inspiró.

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Biografía del autor

Soy un viajero. O un médico que viaja. O un escritor que ejerce la medicina y que escribe. Como médico elegí especializarme en Estética. Porque creo que la belleza está en todos los lugares, las cosas y las personas. Viajo porque busco lo que de bello tiene el mundo, y trato de hallar la belleza de las diferencias. La belleza es diversidad, y el mundo es una enciclopedia de la diversidad. Y cuando escribo sobre lo que viajé, seguramente describiré la maravilla de los detalles. Porque en definitiva la diferencia, y por lo tanto la belleza, está en los detalles.