Miércoles 21 de Octubre de 2020

Autor: Richard Lingua


Siempre me ha dado mucho placer visitar las casas de los artistas. Mucho más que leer sus biografías o conocer sus mausoleos. Las Memorias y las tumbas suelen ser sobreactuaciones.

Estaba pasando un verano (ya hablé de este verano) en La Cumbre. Dentro de esta distinguida ciudad, existe una zona aún más exclusiva, exactamente a 3 kilómetros del centro: sólo hay casonas construidas entre la vegetación de las serranías. Esa zona es Cruz Chica y allí está El Paraíso. 

Así llamó Manuel Mujica Lainez, escritor de una elegancia admirable, a la que fuera su casa durante mucho tiempo, hasta su muerte.

La casona es de estilo colonial español, con tejas rojas, escaleras varias y un jardín interminable salpicado de réplicas de esculturas clásicas. 

Por dentro, todo es acogedor y doméstico, un collage de muebles, obras de arte y objetos que Mujica fue coleccionando con los años. La casa habla todo el tiempo de su vida allí: cómodos e informales livings, sillones campestres de mimbre, cortinados coloridos. Y los regalos y recuerdos de sus amigos, sus obras de arte, objetos traídos de lugares remotos, cartas amorosas enmarcadas y colgadas, máscaras venecianas que, se lee, fueron utilizadas en las muchas fiestas de Carnaval que allí se realizaron. 

Y obras de Mujica. No ya sus libros, que por cierto están en numerosas ediciones en medio de una biblioteca interminable: sus dibujos, naives y llenos de arabescos, algunos con frases del autor, dibujos que recuerdan mucho a los de otro dandy, Federico García Lorca.

Están las marionetas colgadas por todos lados, y los almohadones bordados amorosamente, y los bastones estilizados que Manucho utilizó siempre.

Es una casa absolutamente lúdica y sus habitaciones nos cuentan historias siempre lúdicas. Mujica buscó y encontró su Paraiso en las sierras de Córdoba. El otro no debe ser muy diferente.


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