Sábado 24 de Octubre de 2020

HA HECHO PAPELES INOLVIDABLES EN TEATRO, CINE Y TV. AHORA MISMO BRILLA EN SU ROL DEL FASCINANTE MARTÍN FRANCO EN LA SERIE EL LOBISTA. SIN EMBARGO, ESTE AÑO, COMO LÍDER DE EL YOTIVENCO DEMOSTRÓ QUE BUENA PARTE DE SU ENERGÍA SE LA LLEVA OTRA GRAN PASIÓN: LA MÚSICA.


Ricardo Riganti, Lombardo, Jorge Bergoglio, Alberto Granado, Mozart o Juan Manuel de Rosas. Rodrigo de la Serna es todo eso y mucho más. Con un carisma y una impronta únicos, es uno de los actores más representativos del teatro, del cine y de la televisión argentinos de los últimos años. Pero lo que muchos no conocen es su pasión por la música: desde hace más de doce años De la Serna forma parte de un cuarteto de cuerdas que les rinde homenaje a las raíces más profundas de nuestra cultura. El Yotivenco es un grupo de música criolla compuesto por Blas Alberti y Fabio Bramuglia en guitarras, Juan Pablo Díaz Hermelo en guitarrón y Rodrigo en voz y cuarta guitarra. Juntos, recorren el país con tangos, milongas, chamarritas y otros ritmos criollos. Hasta se animan a algún que otro candombe. Con un Teatro Ópera colmado, El Yotivenco despidió en junio su “estilo criollo” para meterse de lleno en otros horizontes con creaciones propias. Un desafío gigante para aquel chico que se crio en el empedrado del Bajo Belgrano y que entre almacén y almacén silbaba armonioso un tango del Polaco Goyeneche. –

¿Cómo es un show de El Yotivenco?

Tradicionalmente hacemos milongas, tangos y candombes, algo bien rioplatense, en tres guitarras y un guitarrón. Nos sentimos muy parte de esta Patria Grande, tan profunda, e intentamos en cierto modo conectar con esas tradiciones, una cultura que nos constituye una identidad nacional.

¿Creés que van un poco a contramano de lo que impone la industria cultural?

La industria cultural se impone de manera muy vehemente. Somos una cultura muy vasta, muy profunda, muy diversa y me parece que soslayar ese tesoro que se amasó durante tantos años es un pecado mortal. Ahí sí que la Patria está en peligro. Hoy la cultura va por otro lado. No sé a qué se debe, aunque seguro que a caprichos del mercado fundamentalmente.

ME CRIÉ EN EL BAJO BELGRANO, UNA ZONA MUY MILONGUERA, CON CALLES DE EMPEDRADOS, ALMACENES EN LAS ESQUINAS. PEQUEÑOS ATENUANTES QUE FOGONEABAN MI PARTE ARRABALERA.

Tu faceta musical es la menos conocida de tu repertorio. ¿De dónde nace?

Empecé a estudiar guitarra a los 18 años con Gustavo Mozzi. De una fui con el tango. Siempre me atrajo la guitarra criolla y además hubo, claro, una influencia familiar muy importante. Mi vieja es Licenciada en Arte, tenía una colección hermosa de discos que heredó de su padre, un melómano empedernido que no tuve la suerte de conocer. Siempre había música en casa, clásica sobre todo. Y, después, el barrio. Me crie en el Bajo Belgrano, una zona muy milonguera, con calles de empedrados, almacenes en las esquinas. Pequeños atenuantes que fogoneaban mi parte arrabalera. Y encima, después, el Polaco Goyeneche. La primera vez que lo escuché a los 17 años se me partió la cabeza. Fue algo epifánico.

¿Cuánto influye tu capacidad actoral en el rol de cantante y frontman del grupo?

–El actor le presta mucho al cantor. A nivel televisivo, yo aprovecho las cámaras y hago morisquetas que acompañan las milongas más humorísticas, más picarescas. Son guiños profesionales que seguramente tengan más que ver con la actuación que con el canto. Pero cuando uno canta tangos con orquesta, con poéticas más hondas, uno ya se pone al servicio de la interpretación con cuerpo y alma, sobre todo a nivel vocal, donde más trabajo tengo.

¿Y viceversa? ¿El músico al actor?

Uso mucho el oído, observo con la oreja. A veces cierro los ojos y entiendo más de una persona cuando está hablando o respirando que si la estoy mirando. Me aporta mucho a la hora de componer un personaje, a la hora de confeccionar su discurso, sus inflexiones en el lenguaje, su manera de armar melodías en frases.

En junio, además, se estrenó la serie El lobista en Eltrece, TNT y Flow. ¿Cómo fue el proceso de armado de tu personaje, Matías Franco?

Muy intenso, de mucho trabajo. Tres meses de filmación bajo la dirección de Daniel Barone, a quien conozco desde hace muchísimos años. Es un gran director de actores más allá de lo técnico y además maneja un equipo maravilloso; el elenco, también. El guión es impecable, es una intriga política con suspenso, acción, hay de todo. Mi personaje, un lobista profesional, gestor de intereses –para decirlo de un modo elegante– que tiene llegada al Poder Legislativo, al Judicial, en el mundo empresarial y, bueno, saca suculentas tajadas de acuerdo a los negocios que va armando. Es, en cierto modo, un facilitador de negocios; un tipo que junta las partes y saca su provecho. Pero, bueno, en la trama vamos a ver cómo se va enturbiando cada vez más, vemos cómo la democracia está cuestionadísima, ¿no? Cómo un tipo con agallas y ambición puede llegar a lograr, por ejemplo, que se modifiquen leyes que terminan afectando a millones de personas para su propio beneficio. Es una ficción, el acento está puesto en lo vincular, no en esta coyuntura política. Pero, sí, es el telón de fondo que genera las tensiones dramatúrgicas necesarias para que salga un programa muy interesante de ver.