Martes 27 de Octubre de 2020

Autor: Richard Lingua


Es bien sabido por los que me conocen mi amor por la ciudad de Montevideo. Uno de los sitios que más he recorrido, y más maravillado por la asombrosa y ecléctica arquitectura en su mayoría de fines del siglo XIX y principios del XX, es la Ciudad Vieja, esa que comienza en los restos de un portal de la antigua colonia.

El corazón de la Ciudad Vieja, bendecido por la preciosa Iglesia, podria decirse que es la Plaza Matriz.

Sin embargo algo inefable me lleva cada vez a otra plaza, mucho más pequeña, con mucho más de París que de España: la Plaza Zabala. Es para mí un rincón donde el tiempo de verdad se detuvo: la encantadora plaza seca en el centro de un conjunto de edificios que a pesar de los diferentes estilos arquitectónicos, logran una gran coherencia; un conjunto de una belleza amable.

La plaza está descaradamente ubicada en forma oblicua, oponiéndose a la simetría cuadricular española, y por supuesto fue diseñada por un arquitecto y paisajista francés en 1890. 

Esta isla parisina en medio de la ciudad colonial no seria igual si de frente a ella no se alzara el magnifico Placio Taranco, en absoluta sintonia arquitectónica con la plaza y que hoy funciona como Museo Nacional de Artes Decorativas, y para placer de todos, puede visitarse diariamente.

Estos espacios, las plazas, siempre tienen algo de nostálgico y de evocativo. En mi caso, la Plaza Zabala me trae los más felices sentimientos del mundo.


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