Sábado 24 de Octubre de 2020
Autor: Richard Lingua

Recuerdo haber llegado a Cafayate un mediodía, más tarde que mañana, después de recorrer un camino increíble de montañas, con formaciones rocosas de diferentes tonos de naranja y rojizo en los costados. El paisaje me recordó vagamente a los valles que rodean a Petra, en Jordania.
Cafayate es una pequeña ciudad entre montañas, la precordillera de un lado y unas serranías del otro. Es una ciudad llena de encanto, con el típico trazado español de las colonias, y viñedos que ni siquiera esperan a que la ciudad termine.
Podría contar muchísimas historias de este lugar en el corazón de los Valles Calchaquíes, sólo que esta vez me voy a detener en el sitio en que me alojé, un maravilloso hotel de espacios amplios y pisos y techos de maderas fragantes, enmarcado por las vides y las montañas.
El lugar se llama Viñas de Cafayate, y según anuncia su marketing es un wine resort. Yo puedo decir que es un lugar de paz infinita.
Subir a las habitaciones y respirar el aroma con un dejo de incienso; salir a los balcones enormes para mirar el parque, la pileta y las uvas allí nomas; degustar los vinos (el torrontés es el rey en estas tierras) que se producen el las vides que vemos cambiar de tonalidad a medida que pasa el día, todo es glorioso. La lectura y la meditación, dos de mis pasiones, maridan perfecto con un lugar así; leer largamente en el balcón, en las tumbonas del parque, en las galerías.
No me resultó sorprendente, pero si grato, saber que allí se práctica yoga de cara a las montañas a la mañana muy temprano y al atardecer -en el atardecer, la relajación termina con una degustación de vinos y quesos del lugar. Cuando pienso en esos días, se me viene a la cabeza El Jardín de las Delicias. Imposible pensar un halago más vasto.
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