Miércoles 28 de Octubre de 2020

Autor: Richard Lingua


Cuando decidí por fin viajar a Bolivia a visitar ese lugar incomparable que es el Salar de Uyuni, hace justamente un año, no había planificado mucho más. Volar a Santa Cruz de la Sierra, ciudad famosa por su bienestar económico, y de camino al Salar (no hay vuelos directos) hacer una pequeña escala de poco menos de dos días en una ciudad rica en historias, hasta donde sabía: Sucre.

Llegué a la ciudad de madrugada. El encanto de una ciudad bella de madrugada es incomparable. Mientras un taxi me llevaba al Hotel de Su Merced, una típica casona española de dos plantas con una gloriosa terraza, iba viendo las luces, como de Navidad, encendidas en los cerros, esos que después sabría conforman el mirador de la Recoleta. Y luego la ciudad. Tenue, amorosamente alumbrada, como si en algún punto aún estuviéramos en la colonia.

Porque en primer lugar, Sucre es eso: una encantadora ciudad colonial. Y blanca. Toda la ciudad es un maravilloso tablero de ajedrez de marfil. Salvo los portones. Y las ventanas. Todos de madera reluciente, madera de doscientos años lustrada apenas ayer. Como si estuviéramos en otro siglo, me abrieron el enorme portal del hotel y pasé por el patio interior todo florecido a derrumbarme en una cama generosa.

La ciudad resultó a la luz del día tan bella como de madrugada, con su plaza impecable, sus calles adoquinadas, su Catedral Metropolitana y una decena de  Iglesias imponentes. Y alegre, joven y bulliciosa de noche. Antes de tomar el último trago en el último bar repleto de europeos, la camarera me saludó: “Gracias por visitar nuestra ciudad capital”. La miré, creo que cuestionando su conocimiento o mi alcoholemia. Ella lo entendió rápidamente: “Si, señor. Aunque todos apuesten por La Paz, Sucre es la verdadera capital de Bolivia.”


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