Sábado 24 de Octubre de 2020

Autor: Richard Lingua


Un amigo muy querido, hijo del famosísimo Óscar Gálvez, me había repetido varias veces que si alguna vez estaba cerca, no debía dejar de conocer Ongamira, donde su padre tenía una chacra que el heredó.

Así fue. Estaba de vacaciones en la bella ciudad de La Cumbre, y Ongamira quedaba ahí nomas. Así fue que un día soleado y vibrante, como son los días de verano en más sierras partimos, unos amigos y yo con un auto prestado, hacia esa región que tenía fama de mitológica. 

Recorrer el Valle que lleva hasta allí es muy relajado y placentero. El prólogo perfecto para encontrarse de pronto con estas gigantescas formaciones de piedra rojiza y formas redondeadas, que alojan laberínticas cuevas en su interior.

La vista del conjunto impacta. Significa retroceder 130 millones de años en la Historia de la Humanidad. Son en absoluto únicas y la multiplicación por decenas hace que todo parezca una escenografía montada para George Lukas. Rojo e inmenso contrapuesto al celeste imposible del cielo.

Quienes visitan el lugar pueden recorrer seis de estas formaciones, atravesando las cavernas, viendo cómo el paisaje se transforma en cada giro, y observando pinturas rupestres de 6000 años de antigüedad. Pueblos anteriores a los comechingones, quienes al final habitaron el lugar hasta la llegada de los españoles, fueron quienes dejaron su huella en estas paredes. Relatando un poco de su historia.

Frente a la llegada de los conquistadores, mito o realidad, los comechingones, unos mil quinientos, subieron hasta lo alto de las rocas y desde allí se tiraron, para no entregarse.

Es un lugar solitario, silencioso y diría que sagrado. 

Subir al mirador de una de las cuevas es una prueba de destreza, pero la vista del Valle desde allí es imposible de describir.

Cuando atardecer, Ongamira se incendia. Y supongo que se reconstruye antes de la salida del sol.


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