Martes 27 de Octubre de 2020

Autor: Richard Lingua


He escrito antes sobre mi percepción con respecto a la casa que los artistas construyeron para vivir. Para mi son pura memoria: si han contando con algo de suerte, quedan allí todos los vestigios de sus hábitos, sus placeres, sus manías. 

Pablo Neruda, gran poeta y gran amante, construyó para vivir con tres mujeres, tres casas bien diferentes: La Chascona, en un barrio bohemio de Santiago, la Sebastiana, casa de Valparaiso, y finalmente Isla Negra, el lugar donde lo sorprendería la muerte.

Isla Negra está construida como si se tratara de la proa de un barco a punto de entrar a navegar las indomables aguas del Pacífico chileno. Sobre la arena de la playa, no puede disimular su naturaleza artesanal: es evidente que tanto su estructura como sus interiores y lo que sus interiores albergan fueron pensados y ejecutados paso a paso. Eligiendo cada rincón, el tamaño y la orientación de cada ventanal, la ubicación del desnivel de cada cuarto.

Neruda compró la casa en 1938, pero recién en los años ’60 y con la colaboración de un arquitecto amigo fue dándole la forma que hoy conocemos.

Alli vivió con Matilde Urrutia, su último amor, y allí están sepultados frente al mar.

En el interior, deslumbra la colección de mascarones de proa de barcos, muchos naufragados cerca de la costa. También una erudita selección de cartografía marítima, muy cara al poeta,  y decenas de caracolas. 

La casa es un museo, queda a 1 hora de Santiago de Chile y conocerla es un regocijo para el alma.