Lunes 19 de Octubre de 2020

Autor: Richard Lingua


Llegué a Uyuni un anochecer muy frío de mayo. Los desiertos, se sabe, son helados por las noches. A medida que el auto que me llevaba desde el aeropuerto se iba acercando, comencé a ver primero pálidas y luego cada vez más brillantes las luces del hotel, como si fueran estrellas.

Hasta llegar muy cerca del Luna Salada -así se llama- no se apreciaba su perfecta forma semihexagonal, ni su bella construcción que bien podría ser nórdica, pero con mucho de arquitectura andina, hecha íntegramente (con excepción de techos, puertas y ventanas) de grandes bloques de sal compactada en forma de ladrillos. 

Si un viaje fuese un cuento de hadas, ese sería un perfecto palacio. El botones esperaba el equipaje en la entrada, cuatro o cinco escalones de sal hacia la luz. Lo que afuera era oscuridad y estrellas, montones de estrellas, adentro era luz que se reflejaba en las paredes de sal, imperfectamente blancas.

Los pasillos de sal atravesaban indiscretamente la división entre el living (sillones de adoquines de sal cubiertos de almohadones autóctonos, chimenea y televisión individuales) de la habitación amoblada de sal, con el piso alfombrado de sal con tapetes resueltos por los multicolores telares de Uyuni. Y más pasillos blancos, y salas en las junturas del hemihexágono, amplios salones superpoblados de sofás salados cubiertos por tejidos andinos y muebles de cañas, pieles y telar de nuevo.

Y un spa de sal vidriado que de noche mira a las estrellas desde el jacuzzi encristalado y de día, el desierto que de tan blanco hiere los ojos y los deslumbra en todos los sentidos que caben en esa palabra.


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