Jueves 29 de Octubre de 2020

NACIDA HACE MILES DE AÑOS, LLEGÓ A ESPAÑA CON LOS INVASORES Y DESDE ALLÍ EMPRENDIÓ EL LARGO VIAJE HASTA ESTAS TIERRAS, DONDE SE LA FABRICA SIGUIENDO LA VIEJA TRADICIÓN.


Es preciso retroceder más de 3.000 años para encontrar los antecedentes de la guitarra. La teoría más difundida le supone un origen árabe, la expansión a Europa tras la ocupación musulmana de la península ibérica y desde allí la difusión a la América Latina. Para otros fueron los romanos quienes la llevaron a España. Algunos le atribuyen el nombre a los griegos, otros a los gobernados por César Augusto, ciertos historiadores a los egipcios. Era por entonces una guitarra de cuatro pares de cuerdas; luego fue la morisca, con tres pares, que convivía con la vihuela, de seis pares de cuerdas.
En Europa, la cithara romana y el ud arábigo –llamado “laúd” por una deformación de su nombre– se influenciaron silenciosamente durante siglos. Fue a través de los fabricantes que adquirió otras formas y dimensiones, diferentes de las de aquellas que por entonces portaban los trovadores, antecedentes lejanos de los actuales payadores.
Sea por el laúd en el siglo VIII o por los romanos, una vez que se asentó en España cambió su fisonomía y desde allí se repartió por el continente americano. Lo hizo más rápido que el trigo. Más acá en el tiempo, en 1850, la guitarra tomó casi la misma forma que tiene hoy. El español Antonio Torres Jurado refinó los soportes estructurales, incluyó siete varas extendidas bajo la tapa armónica, aumentó el tamaño de la caja y ensanchó el mástil. Eso le mejoró el sonido y el uso: ahora podía formar parte de un conjunto instrumental.

UNA GUITARRA, MIL LUGARES

La guitarra une de una punta a la otra un país de ritmos y geografías tan diversos como la Argentina. De la zamba carpera del norte al loncomeo patagónico; de la huella pampeana a la chaya de La Rioja, de los huaynos jujeños a la chacarera montaraz de Santiago del Estero; de la milonga corralera a las cuecas de San Juan y Mendoza; del gualambao misionero al chamamé correntino, de la payada al gato, del escondido a la tonada, la guitarra es la única capaz de atravesar a todos los ritmos para que ellos, por boca de la encordada, cuenten los misterios de cada paisaje y su gente.

LA GUITARRA EN ARGENTINA
En Argentina logró hacerse popular en el ámbito rural sin dejar su lugar como instrumento orquestal. Tiple, violao, guitarrón, cuatro y charango son algunos de los hijos de aquella guitarra, según el país de que se trate.
Hubo un tiempo en que el boom del folclore de las décadas de 1950 y 1960 desabasteció el mercado argentino de guitarras, que debieron importarse para satisfacer las necesidades de los aficionados y no tanto. Pero por esos años se popularizó también el arte de su fabricación. Argentina tiene hoy una gran cantidad de luthiers de este instrumento.
Desde hace 65 años este arte tiene altura académica: la provincia norteña de Tucumán tiene una escuela pública de luthería, dependiente de la universidad provincial. Y existen talleres y maestros particulares que enseñan su construcción, además de contar con fábricas, una de las cuales es responsable de 22 modelos de guitarras y saca al mercado unas 100 por día.
EN EL SIGLO XVI EL POETA ANDALUZ VICENTE ESPINEL LE SUMÓ UNA CUERDA GRAVE A LAS CUATRO QUE PORTABA EL INSTRUMENTO, QUE EN EL SIGUIENTE SIGLO SE POPULARIZÓ ENTRE LOS MÚSICOS ESPAÑOLES.

La guitarra española no lleva un solo clavo. Todas sus partes están unidas por cola de pegar, de consistencia más o menos flexible según qué parte vaya a unir, pues la madera del instrumento está siempre viva: se altera con el frío, se modifica con el calor. Ahí está la clave según los luthiers: en la alta calidad de la madera, en secarla con paciencia y en saber aprovechar cada veta de esa materia que antes de ahuecarse para ser guitarra fue un árbol al lado de otros árboles. Un árbol sobre el cual trinaron los pájaros, una madera llena de las vibraciones del monte. Por eso la selva rumorosa de la guitarra, los mil cantos de sus cuerdas y el misterio de su caja de resonancia siguen siendo esa voz profunda capaz de seguir contando historias desde el fondo de los siglos.