Sábado 31 de Octubre de 2020

UN MATERIAL NATURAL, UN ARTISTA DE CARÁCTER SENCILLO Y UNA OBRA EXTRAORDINARIAMENTE ROTUNDA Y ETÉREA. LA HISTORIA DE ESTE HOMBRE Y SU ARTE, TEJIDA CON SILENCIOSA PACIENCIA EN LAS TARDES LARGAS DEL DELTA DEL PARANÁ.

Sentado sobre un tablón sostenido con caballetes, donde parece levitar una nube confeccionada con varillas de mimbre, Edgardo Madanes afila su vista en un punto fijo: un nudo de hilo encerado recubierto con alambre. Piensa y lo retuerce. Está creando una pieza más de las que inundan su bello atelier, repleto de figuras que fue haciendo en los últimos 30 años, cuando encontró en el mimbre un eje para su carrera como escultor y que le valió el reconocimiento del mundo artístico, con premios como el Konex (Diploma al mérito, en 2012) y exposiciones en Fundación Osde, la galería Elsi del Río y una obra permanente en el Hotel Hilton de Puerto Madero: cinco piezas monumentales de 11 metros, que cuelgan desde el octavo piso.
Cuando recrea su historia, Edgardo ata cabos entre dos puntos distantes de su vida. Su infancia y adolescencia, marcada por las continuas visitas al Delta del Paraná, donde pasaba las tardes remando y contemplando el paisaje disruptivo que ofrece esa perspectiva, y su actualidad como artista que se nutre de aquellas vivencias. “Desde el río se ve lo que desde la tierra no se ve, todo lo que transcurre en las orillas”, dice. Esa mirada contemplativa, absolutamente matizada por la pertenencia a una familia cargada de estimulación artística (abuelo pintor, madre pintora, tío director de teatro), lo fue ligando a ese universo poético ligado al río y sus escenificaciones. “Ya después de estudiar Bellas Artes, fue un lugar, el río, que me conectaba con una fantasía, con una realidad que de alguna manera era una proyección mía, desde mi interior”, cuenta.

“ME SIENTO MUY A GUSTO CON EL MIMBRE; EL SILENCIO CON EL QUE SE TRABAJA, ESCUCHÁS CADA MOVIMIENTO. ES UN MATERIAL QUE SE ADAPTA A LAS FORMAS, A LO QUE LE PEDÍS, TIENE UNA DUCTILIDAD MUY GRANDE”

En una bienal de arte joven, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, Edgardo exponía unos animales extraños y amenazantes, realizados con poliéster. Fue en ese evento cuando conoció, increíblemente por primera vez, el mimbre. “Un compañero dejó unos atados de mimbre, y me encantaron. Dije: ‘Esto es maravilloso’ y cuando le pregunté dónde lo compraba y me dijo ‘Tigre’, no lo podía creer”. El material provenía del sitio que era su fuente de inspiración. Ese fin de semana, se fue hasta el Puerto de Frutos, compró mimbre y se sentó a inspeccionarlo, sin saber bien qué hacer, pero decidido a crear con ese material. Desde aquella primera vez, no paró.
“Me sentí muy a gusto. El silencio con el que se trabaja, escuchás cada movimiento, de la herramienta, el paso del hilo; es un material que tiene una capacidad de flexibilizarse enorme, se adapta a las formas, a lo que le pedís, tiene una ductilidad muy grande”, enumera. Para Edgardo hay una analogía clara entre las varillas de mimbre y las personas, en cuanto a la capacidad de adaptación y sus límites. Y sobre todo, en la poesía que se abre ante los ojos. “Esto está todo el día en mi mente, hay una proyección constante, está muy incorporado en mi vida, la asociación entre lo que estoy produciendo y mi vida cotidiana”, dice. Para Edgardo, el gran motor creativo es el deseo impenitente de ver algo que jamás haya visto. El campo de la fantasía artística siempre ahí, como la zanahoria inalcanzable. “Sueño con un cielo de mimbre flotando sobre mi cabeza”, se entusiasma.

 

 

“ESTO ESTÁ TODO EL DÍA EN MI MENTE, HAY UNA PROYECCIÓN CONSTANTE, ESTÁ MUY INCORPORADO EN MI VIDA, LA ASOCIACIÓN ENTRE LO QUE ESTOY PRODUCIENDO Y MI VIDA COTIDIANA”

Esa idea de flotación deambula en forma constante en su imaginario y Edgardo cree que proviene de su vinculación con las islas y, también, con los sistemas que utilizan los isleños para evitar que el río se lleve lo suyo. “Miro mucho las sogas, los nudos y toda esa instrumentación, que es muy atractiva”, explica. En un mundo cada vez más efímero y digital, el contacto con la materia lo pone a Edgardo en otro plano, casi de necesidad: “Lo necesito, me pone en eje, me permite disfrutar, pensar. Me integra. En mí, tiene una fuerza enorme; la obra genera una mirada hacia la manualidad que nos aleja un poco de la cuestión tecnológica y nos acerca en un hacer mucho más simple. La presencia sola de la obra produce eso”.