Jueves 29 de Octubre de 2020

Toda una fiesta. Eso eran los carnavales en Argentina en el apogeo de la festividad (primera mitad del siglo XX) con su mezcla de corsos, desfiles callejeros, comparsas, disfraces ingeniosos (y no tanto), celebraciones colectivas y presentaciones de artistas populares. Lo que hoy se vive en aquellas ciudades del país donde el corazón carnavalero sigue latiendo –Gualeguaychú, Corrientes–, sucedía en todo el territorio. Buenos Aires, por ejemplo, era escenario del multitudinario Corso de la Avenida de Mayo. Serpentinas, espuma, bombas de agua, eran las herramientas del festejante. Y la danza tribal, un código compartido. Los más importantes músicos y orquestas de tango actuaban en clubes e instituciones tanto de fútbol como barriales (de San Lorenzo a Independiente y de Comunicaciones al Centro Asturiano) y la efervescencia se multiplicaba en cuanta pista de baile o teatro abriera sus puertas a la celebración. A partir de los años ’80 los carnavales cambiaron su perfil, los corsos y comparsas se circunscribieron a cada barrio, y la intensidad y el interés bajaron en cuanto a respuesta popular. Pero su espíritu, el de eludir por un rato la dura realidad a puro baile y risas, sin dudas sigue vivo.

 

 

 

 

1. Carroza “El gran circo”. Punta Alta, Pcia. de Buenos Aires, 1965 (www.archivodepunta.com.ar).

2. Mascaritas en la calle Bernardo de Irigoyen. Punta Alta, 1952.


3. Murga en Junín, Pcia. de Buenos Aires, 1916.


4. Construcción de la carroza “Caballo de Troya”. Punta Alta, 1957.