Jueves 29 de Octubre de 2020

LANZARSE EN PARACAÍDAS ES UN DESAFÍO AL CORAJE DE LOS MÁS OSADOS, UN PASEO ORIGINAL Y TAMBIÉN UNA POSTAL DIFERENTE DEL CAMPO ARGENTINO. LOS REQUISITOS SON MÍNIMOS Y LA EXPERIENCIA, INOLVIDABLE.

Alejandro Higuero descubrió su pasión por el paracaídas en 1981, cuando era un conscripto del ejército y le propusieron dar su primer salto en el Regimiento Aerotransportado 14, de Córdoba. Hoy es uno de los instructores más experimentados de la Escuela de Paracaidismo de Lobos, donde desde 2002 realizan vuelos de bautismo en tándem y dictan cursos. No apto para acrofóbicos, el salto al vacío empieza con medio minuto infinito de caída libre, a 250 kilómetros por hora. Después, al promediar los 1500 metros de altura (la mitad del recorrido), el paracaídas se abre y comienza la mejor parte del paseo, para disfrutar del paisaje y planear en las alturas. La actividad está regulada por la Fuerza Aérea Argentina y todos los instructores cuentan con licencias oficiales. Además de accesorios como el altímetro, el casco y las antiparras, el equipo del paracaidista se compone de una mochila que cuenta con dos contenedores. En uno viaja el paracaídas principal y en otro el secundario. Además, todos los paracaídas tienen un abridor automático que acciona el paracaídas de reserva si la persona no pudiera hacerlo.

EN UN VUELO DE BAUTISMO SE VIAJA EN CATEGORÍA DE PASAJERO, COMO SENTADO EN UN JUEGO DE UN PARQUE DE DIVERSIONES, NO HAY QUE HACER NADA.

“El que viene a realizar su primera experiencia viaja en categoría de pasajero, como si fuera sentado en la silla de un juego en un parque de diversiones, no tiene que hacer nada”, explica Higuero sobre esta experiencia recreativa que nada tiene que ver con los orígenes de la disciplina: los primeros registros se remontan al año 1060 de la mano de Oliver de Malmesbury, un monje inglés que saltó desde una torre con un rudimentario artefacto de su propia invención y se fracturó las dos piernas. También existen crónicas de principios del siglo XIII donde se relata cómo los acróbatas chinos se lanzaban desde elevadas torres con sombrillas de papel durante la celebración de la coronación del emperador Fo-Kien. Hacia 1495, Leonardo da Vinci presentó el primer diseño de forma tronco-piramidal y, recién en 1617, el italiano Fausto Venancio Niceno saltó en Venecia desde una torre con un paracaídas de su invención y llegó ileso para contarlo. En la actualidad se realizan vuelos de bautismo en aviones Cessna 205 de 6 plazas y los requisitos para pegar el salto son ser mayor de 16 años (menores con autorización de sus padres ante escribano público), no pesar más de 95 kilos y gozar de buena salud (no sufrir de patologías cardíacas o desmayos). La escuela de Paracaidismo de Chascomús –al igual que la lobense– realiza los saltos de bautismo a 3 mil metros de altura. “Son 40 segundos de caída libre a los que se suceden entre 5 y 7 minutos de descenso con el velamen abierto”, afirma por su parte Gabriel Grela, instructor en jefe de la escuela. Y añade: “En su mayoría se acerca gente joven o de mediana edad, mujeres y hombres que buscan probar nuevas experiencias. También se utiliza mucho como obsequio para cumpleaños, aniversarios y hasta pedidos de casamiento en el aire”.